La sesión informativa nacional de American Community Media reunió a tres voces con experiencias directas y profundas sobre la crisis humanitaria en Gaza: Alex De Waal, experto en hambrunas y director de la Fundación para la Paz Mundial; Budour Hassan, investigadora de Amnistía Internacional sobre Israel y los Territorios Palestinos Ocupados; y Afeef Nessouli, periodista y trabajador humanitario que pasó nueve semanas en la Franja.
Desde el inicio de la conferencia se expuso el triste panorama: después de casi dos años de guerra entre Israel y Hamás, Gaza está en ruinas. Según UNICEF, más de 60,000 personas han muerto, de las cuales 18,000 eran niños. La mayoría de los dos millones de habitantes han sido desplazados y enfrentan la falta de agua potable, alimentos y medicinas, mientras los niveles de hambre alcanzan lo que organismos internacionales llaman catastrófico.
El colapso de un sistema antes funcional
Alex De Waal recordó que, antes de octubre de 2023, la población de Gaza mantenía tasas altas de vacunación y salud relativamente estable, aunque dependía casi por completo de suministros controlados por Israel.
“Antes de octubre de 2023, la situación en Gaza era inusual: el estado nutricional y de salud de la población era generalmente bueno… pero dependía casi por completo de los suministros controlados por Israel”, expresó.
Tras el 7 de octubre, se impuso un asedio total que, por semanas, no permitió la entrada de nada. Luego, un asedio parcial y ataques militares destruyeron lo que el derecho internacional define como “objetos indispensables para la supervivencia”: agua, alimentos, vivienda y hospitales.
El experto detalló que el mecanismo de medición IPC —usado por Naciones Unidas para evaluar la seguridad alimentaria— registró que Gaza ha estado al borde del umbral de hambruna durante más de un año. Sin embargo, Israel limitó el acceso a datos, restringió la entrada de periodistas y dificultó la labor humanitaria, lo que permitió “jugar” con las cifras.
La creación de la llamada Fundación Humanitaria de Gaza, con pocos puntos de distribución y lejos de las comunidades más necesitadas, fue calificada por De Waal como inoperante y peligrosa.
En estos lugares, explicó, los más fuertes acaparan la comida, mientras los más pobres y vulnerables quedan excluidos, incluso arriesgando la vida en estampidas o bajo fuego.
La deshumanización en el día a día
Budour Hassan expuso que Amnistía Internacional documentó, en diciembre de 2024, patrones de conducta de las fuerzas israelíes que configuran un genocidio contra la población palestina. Esto incluye asesinatos, daños graves físicos y mentales, y la imposición deliberada de condiciones de vida que llevan a la destrucción física del grupo.
Relató cómo, en las llamadas masacres de la harina, miles de personas hambrientas se agolpaban de madrugada para recibir ayuda, muchas veces recibiendo disparos.
“En febrero y marzo de 2024 vimos escenas que la gente llegó a definir como las masacres de la harina: las fuerzas israelíes permitían la entrada de camiones con harina y otros suministros muy temprano en la madrugada, alrededor de las 4 a.m”, relató.
Agregó que “Algunas personas tuvieron que recurrir a comer alimento para animales… otras nos decían que sentían que el mundo ya no las veía como humanos”.
Describió la ruptura del tejido social en una comunidad históricamente unida, donde la necesidad extrema empuja a la gente a competir y pelear por comida en lugar de compartirla.
Durante un breve alto el fuego, algunas familias intentaron reconstruir sus vidas “de la nada”, pero la reanudación del asedio total en marzo de 2025 cortó toda esperanza. Budour recordó el testimonio de una madre que, tras tres días sin comer, golpeó a su hijo para que dejara de llorar de hambre. “No sentimos que el mundo nos vea como humanos”, le dijo la mujer.
Vivir la crisis desde dentro
Afeef Nessouli, que estuvo en Gaza entre marzo y junio de 2025, confirmó de primera mano la magnitud de la tragedia. Narró cómo vio a amigos perder hasta 45 kilos, a pacientes heridos que ya estaban en los huesos, y a doctores trabajando sin morfina ni suministros básicos
“Estuve allí del 27 de marzo al 3 de junio… la gente ya tenía hambre. Un amigo había perdido 85 libras, ahora probablemente sean 100. Pasó de ser un hombre grande a un hombre con el rostro demacrado”, dijo.
Agregó que el hambre se volvió parte del paisaje: él mismo comía una vez al día, y muchas familias solo cada varios días.
Explicó que, antes, existían unas 170 cocinas comunitarias respaldadas por la ONU, que servían comidas calientes directamente en los barrios. Al llegar mayo, quedaban apenas unas pocas, sin ingredientes para trabajar. “Las personas nos pedían ayuda en la calle; incluso nosotros, como trabajadores humanitarios, no teníamos con qué alimentarnos”, relató.
Afeef fue testigo de cómo la ayuda del sistema militarizado actual no solo es insuficiente, sino también peligrosa. Vio a colegas y civiles recibir disparos mientras intentaban obtener comida.
“Vi a colegas y civiles recibir disparos mientras intentaban conseguir comida… la morfina no siempre estaba disponible para personas con lesiones explosivas. Imagínate eso”, manifestó.
Luego, Afeef Nessouli, opinó que “No hay nada en esto que sea justo. Es un genocidio, es intencional… varias cosas suceden a la vez a propósito, con el resultado de que un grupo de personas es torturado y erradicado”. Subrayando que la reconstrucción y la ayuda médica requieren un esfuerzo internacional masivo, no solo el ingreso de más camiones de comida.
El hilo humano que atraviesa toda la tragedia
A lo largo de la exposición, se repitió un mismo mensaje: el hambre en Gaza no es un accidente ni solo una consecuencia colateral de la guerra. Es parte de un sistema planificado que destruye no solo cuerpos, sino también la dignidad y el tejido social.
Los testimonios de madres, médicos y trabajadores humanitarios dibujan un cuadro en el que la supervivencia se mide en horas y en calorías escasas. Las imágenes que transmiten —harina manchada de sangre, madres sin leche para amamantar, niños esqueléticos y familias enteras viviendo entre ruinas— muestran que la emergencia es inmediata, pero las secuelas serán de largo plazo.
La conclusión compartida por los tres ponentes es clara: sin un alto el fuego real, sin el restablecimiento de un sistema de ayuda neutral y masivo, y sin la reconstrucción integral de infraestructura y comunidad, el hambre seguirá cobrándose vidas mucho después de que los titulares cambien.

