La crisis de vivienda en California ya no es una estadística lejana. Es una realidad visible en calles, parques y vecindarios. Y en el centro de esa crisis está San José, una ciudad que, bajo el liderazgo del alcalde Matt Mahan, ha decidido actuar con rapidez. La pregunta es inevitable: ¿están funcionando sus soluciones o solo están conteniendo un problema mucho más profundo?

Lo primero que hay que reconocer es que Mahan ha optado por la acción. En un contexto donde muchas ciudades debaten sin avanzar, San José ha tomado decisiones concretas. La más visible es la expansión de las llamadas “minicasas” o refugios temporales. En apenas un año, la ciudad ha duplicado el número de camas disponibles para personas sin hogar.

A simple vista, esto parece un avance importante. Y lo es. Para alguien que duerme en la calle, una pequeña unidad con techo, cama y servicios básicos representa una mejora inmediata en su calidad de vida. No es una solución definitiva, pero sí un alivio urgente.

Aquí está uno de los pilares de la estrategia de Mahan: actuar rápido para sacar a las personas de la calle, aunque la solución no sea permanente. Es un enfoque pragmático, incluso polémico. Parte de una idea sencilla: primero estabilizar la crisis, luego resolverla.

Algunas voces respaldan esta lógica. Desde organizaciones como DignityMoves, se insiste en que no se puede esperar a construir vivienda permanente —que puede tomar años— mientras miles de personas siguen viviendo en condiciones precarias. “Primero hay que detener la emergencia”, sostienen.

Pero este enfoque también tiene límites claros. El problema de fondo no es la falta de refugios. Es la falta de viviendas asequibles. Y en eso, San José —como el resto de California— sigue fallando.Expertos en políticas públicas lo dicen sin rodeos: no hay solución real al problema de las personas sin hogar sin aumentar significativamente la oferta de vivienda permanente. Las minicasas pueden ser un paso intermedio, pero no reemplazan un hogar estable.

¿Existe un plan claro para que las personas que ingresan a estos refugios temporales pasen a viviendas permanentes? ¿O corremos el riesgo de crear un sistema donde la “temporalidad” se vuelva permanente? No hay una respuesta contundente aún.

Otro frente de acción del alcalde ha sido simplificar los procesos burocráticos. Declarar una crisis de personas sin hogar permitió acelerar permisos y reducir trámites para construir refugios más rápido. Esta medida ha sido bien recibida por expertos, quienes coinciden en que la burocracia ha sido históricamente uno de los mayores obstáculos para avanzar en soluciones habitacionales.Sin embargo, agilizar no es suficiente si no hay recursos.Y ahí aparece otro problema crítico: el financiamiento.

El estado de California ha eliminado recientemente una de sus principales fuentes de apoyo económico para programas de personas sin hogar. Esto golpea directamente a ciudades como San José, que dependían de esos fondos para sostener refugios, servicios y programas de asistencia.

Mahan ha respondido pidiendo más apoyo estatal y una financiación más flexible. También ha presionado al condado de Santa Clara para que asuma un rol más activo. Es una estrategia política clara: distribuir la responsabilidad.

La crisis de vivienda no es solo un problema local. Es estructural. Se arrastra desde hace décadas, desde que se redujo la inversión federal en vivienda asequible en los años 80. Desde entonces, la oferta nunca ha alcanzado la demanda.

Hoy, incluso programas clave como los vales de vivienda de la Sección 8 están desbordados. Solo una de cada cuatro familias que califican recibe ayuda. El resto espera años.

Mahan ha dicho que quiere proteger y ampliar estos vales. El problema es que esa decisión no depende de él, ni siquiera como gobernador. Es una política federal. Aquí, su propuesta choca con una realidad política más amplia.

Esto deja al descubierto una verdad incómoda: muchas de las soluciones necesarias están fuera del alcance de cualquier alcalde.

Otro punto crítico es el manejo de los campamentos de personas sin hogar. La administración de Mahan ha intensificado los desalojos, bajo la lógica de que no se puede permitir que la ciudad normalice estos asentamientos.

Este enfoque genera división. Para algunos, es una medida necesaria para mantener el orden y la seguridad. Para otros, es simplemente mover el problema de un lugar a otro sin resolverlo.

Si no hay suficientes alternativas reales de vivienda, desalojar campamentos puede terminar agravando la situación.

En paralelo, San José ha apostado por algo que sí parece estar dando resultados: la colaboración. La ciudad ha trabajado con organizaciones sin fines de lucro, empresas privadas y hasta entidades públicas como distritos de agua que han donado terrenos para construir refugios.

Este modelo colaborativo es, probablemente, uno de los mayores aciertos de la gestión actual. Demuestra que la solución no puede venir solo del gobierno. Requiere un esfuerzo conjunto. Pero incluso este modelo tiene límites si no se acompaña de una estrategia a largo plazo.Y ese es el punto central de este debate.

San José está actuando. Está innovando. Está probando soluciones. Pero aún no está claro si esas soluciones están construyendo un camino sostenible o simplemente comprando tiempo.

Las minicasas ayudan. Los refugios ayudan. La reducción de trámites ayuda. Pero ninguna de estas medidas, por sí sola, resuelve el problema estructural de la vivienda. El riesgo es evidente: crear un sistema que gestione la pobreza sin eliminarla.

Ahora bien, también hay que ser justos. No existe una solución fácil. Ninguna ciudad en California ha logrado resolver completamente esta crisis. Exigir resultados inmediatos puede ser poco realista. Lo que sí se puede exigir es claridad. Claridad sobre el rumbo. Sobre cómo se pasará de soluciones temporales a permanentes. Sobre cómo se garantizará que las personas no queden atrapadas en un sistema de refugios sin salida.