En Backesto Park, en San José, la historia no llegó como una lección de libro. Llegó con música, palabras, recuerdos, trenzas, arte, jóvenes y veteranos de una lucha que comenzó hace más de medio siglo.
Alrededor de 200 personas participaron en la conmemoración de la 56.ª Moratoria Chicana, un encuentro organizado por la Community Service Organization San José para recordar uno de los capítulos más importantes del movimiento chicano y, al mismo tiempo, preguntarse qué significa ser chicano en la actualidad.
Por primera vez, la conmemoración se realizó en Backesto Park, un lugar que recientemente incorporó un mural dedicado a figuras y temas relacionados con la historia chicana de San José. El espacio sirvió como escenario para unir pasado y presente.
Y esa fue precisamente la idea que recorrió el encuentro: la identidad no es solamente una palabra. Es una historia que se hereda, se cuestiona y también se construye.
Una palabra cargada de historia
Para muchos mexicoamericanos, llamarse chicano significa mucho más que señalar un origen familiar. La palabra está relacionada con un movimiento social y político que durante las décadas de 1960 y 1970 exigió igualdad, mejores oportunidades educativas y laborales, representación política y respeto a los derechos civiles. También fue una manera de rechazar la idea de que para progresar había que abandonar la cultura de los padres y abuelos.
La Moratoria Chicana de 1970 en el Este de Los Ángeles se convirtió en uno de los momentos más recordados de aquella época. El 29 de agosto de ese año, entre 20,000 y 30,000 personas participaron en una enorme manifestación contra la guerra de Vietnam y contra las desigualdades que afectaban a la comunidad mexicoamericana.
La protesta comenzó pacíficamente, pero terminó en violencia después de la intervención policial. Murieron tres personas, entre ellas el periodista mexicanoamericano Rubén Salazar. Pero la Moratoria no fue solamente una protesta contra una guerra lejana. También puso sobre la mesa problemas que estaban ocurriendo en los propios barrios: pobreza, discriminación, desigualdad educativa, falta de oportunidades y abuso policial.
Por eso, 56 años después, su recuerdo continúa teniendo significado.
Los jóvenes toman la palabra
En San José, una nueva generación está buscando su propia manera de entender esa herencia.
Lyla Salinas, de 22 años y miembro de la organización CSO San José, explicó que comenzó a identificarse como chicana después de conocer con mayor profundidad la historia del chicanismo.
Para ella, la palabra expresa una experiencia que no siempre encuentra respuesta en la etiqueta “mexicano-americano”. Su identidad también está relacionada con los vínculos culturales, históricos y políticos que existen entre las comunidades del suroeste de Estados Unidos.
Su reflexión muestra una realidad que viven muchos jóvenes: crecer entre dos culturas y buscar una identidad propia sin tener que renunciar a ninguna de ellas.
Las mujeres también escribieron esta historia
La conmemoración también resaltó el papel de las mujeres dentro del movimiento. Angelina Aguilar, de 37 años, fundadora de Trenzas Sin Permiso, utiliza el trenzado tradicional como una forma de celebrar cultura, comunidad y resistencia.
Su abuelo, Abel Cota, participó en el movimiento chicano. Para ella, mantener vivo ese legado forma parte de su propia identidad.
Su mensaje también toca una realidad que durante mucho tiempo quedó en segundo plano: las mujeres chicanas fueron organizadoras, dirigentes y defensoras de sus comunidades, aunque muchas veces tuvieron que luchar contra quienes pensaban que el liderazgo era exclusivamente masculino.
Doreen García Nevel, de 75 años, llegó desde Modesto para participar en el encuentro. Miembro de los Boinas Negras de San José por la Justicia, recordó la participación de su madre, Ernestina García, en el trabajo comunitario.
San José también tiene su propia historia
San José también fue escenario de organización comunitaria, lucha por los derechos civiles, representación política y defensa de los barrios mexicoamericanos. El este de la ciudad se convirtió durante décadas en un punto importante de esa historia.
Actualmente, el 30.8% de los habitantes de San José se identifica como hispano o latino, según los datos más recientes de QuickFacts del Censo de Estados Unidos. En el condado de Santa Clara, la proporción es de aproximadamente 24.8%.
Eso significa que la cultura latina es parte fundamental de la historia y de la vida cotidiana de la región.
Por eso el mural de Backesto Park tiene un significado que va más allá de lo artístico. Es también una declaración de presencia.
Los organizadores relacionaron la memoria de la Moratoria con problemas actuales, particularmente con la preocupación por la aplicación de las leyes migratorias y el proyecto de un centro de detención de inmigrantes cerca de Gilroy. La organización sostiene que las decisiones tomadas en una ciudad pueden afectar a familias de todo el South Bay.
El evento incluyó música, presentaciones culturales, vendedores, mesas de recursos, poesía y actuaciones de grupos de danza folclórica. También participaron personas que vivieron directamente los acontecimientos de 1970.
Entre ellas estuvo el doctor Ramón J. Martínez, secretario de la La Raza Historical Society of Santa Clara Valley y participante de la Moratoria original, quien compartió su testimonio con las nuevas generaciones.
No se trata únicamente de recordar una marcha de 1970. Se trata de recordar por qué una generación decidió levantar la voz y de preguntarse qué queda pendiente.
En Backesto Park, los recuerdos de los mayores se encontraron con las preguntas de los jóvenes. Las canciones se mezclaron con la historia. El mural recordó a quienes lucharon. Y las nuevas generaciones dejaron claro que la identidad chicana no está encerrada en el pasado.
Está viva, cambia con cada generación y sigue buscando un lugar donde la cultura, la memoria y la dignidad puedan caminar juntas.


